Hay palabras que duran apenas unos segundos y, sin embargo, permanecen con nosotros durante años. Esto ocurre porque no recibimos el lenguaje únicamente como información: también lo interpretamos dentro de un vínculo, una historia y un determinado estado emocional.
Una crítica, una humillación o una expresión de rechazo pueden ser especialmente significativas cuando provienen de alguien importante para nosotros. Del mismo modo, sentirnos escuchados, reconocidos o acompañados puede contribuir a generar seguridad y confianza.
Pero hay otra voz que merece especial atención: la forma en que aprendemos a hablarnos a nosotros mismos.
A veces, muchas de las palabras que más nos lastiman ya ni siquiera vienen de afuera. Las repetimos internamente.
¿Por qué algunas palabras quedan grabadas durante tantos años?
Probablemente todos podamos recordar alguna frase de nuestra infancia, adolescencia o vida adulta que todavía aparece en nuestra memoria.
Tal vez alguien nos dijo:
“Vos nunca terminás nada.”
“Siempre hacés todo mal.”
“Deberías ser como tu hermano.”
“Con ese carácter nadie te va a querer.”
O quizás ocurrió exactamente lo contrario:
“Confío en vos.”
“Podés intentarlo otra vez.”
“Estoy orgulloso de tu esfuerzo.”
“Estoy acá con vos.”
Las frases no tienen un efecto idéntico en todas las personas. Su impacto depende de quién las dijo, en qué momento ocurrió, con qué frecuencia se repitieron y qué significado adquirieron dentro de nuestra historia.
Una expresión desafortunada ocasional no determina necesariamente la autoestima de una persona.
Pero la exposición repetida a descalificaciones, humillaciones o agresiones verbales sí merece ser diferenciada de una discusión cotidiana.
En particular durante la infancia, la evidencia relaciona el maltrato verbal y emocional persistente con diferentes dificultades psicológicas posteriores. Una revisión sistemática encontró asociaciones entre abuso verbal infantil y problemas internalizantes y externalizantes a lo largo de la vida.
El cuerpo también participa de una conversación difícil
Cuando nos sentimos juzgados, avergonzados, amenazados o rechazados, la experiencia no ocurre solamente “en nuestra cabeza”.
Nuestro organismo puede responder.
Puede aparecer:
- tensión muscular;
- aceleración cardíaca;
- respiración superficial;
- sensación de nudo en el estómago;
- necesidad de alejarnos;
- enojo;
- vergüenza;
- bloqueo;
- dificultad para encontrar qué responder.
La investigación sobre amenaza de evaluación social muestra que sentirse observado, cuestionado o evaluado negativamente puede asociarse con respuestas fisiológicas de estrés, entre ellas distintos patrones de cortisol. Pero estas respuestas varían considerablemente entre personas y contextos.
Por eso es preferible no afirmar que cada palabra negativa “desequilibra nuestras hormonas”, lo que sí sabemos es que los vínculos y las experiencias sociales pueden participar de nuestros sistemas de estrés y regulación, y eso cambia la forma en que pensamos la comunicación.
No se trata de hablar siempre en positivo
Cuidar nuestras palabras no significa convertir cada conversación en una sucesión de frases bonitas.
Tampoco significa callar el enojo, esconder el cansancio o fingir que estamos bien cuando no lo estamos.
Podemos decir:
“Estoy enojada.”
“Esto me dolió.”
“Necesito estar sola.”
“No estoy de acuerdo.”
“Hoy no puedo.”
“Necesito que esto cambie.”
La diferencia no está en eliminar las emociones difíciles, está en poder expresarlas sin transformar nuestro dolor en una agresión hacia el otro.
No es lo mismo decir:
“Necesito que compartamos las responsabilidades porque estoy agotada”,
que:
“Como siempre, no servís para nada”.
En ambos casos existe cansancio o enojo. Pero la manera de comunicarlo construye una experiencia vincular completamente distinta.
Las palabras tienen más peso cuando existe un vínculo importante
No todas las opiniones tienen la misma fuerza.
Aquello que nos dice una persona desconocida puede incomodarnos y desaparecer rápidamente. En cambio, ciertas palabras pronunciadas por nuestra madre, nuestro padre, nuestra pareja, nuestros hijos o alguien cuya aprobación necesitamos pueden adquirir un significado mucho mayor.
Esto es especialmente relevante durante la infancia.
Los niños están construyendo todavía una representación de sí mismos.
Cuando escuchan repetidamente:
“sos malo”,
“sos torpe”,
“sos difícil”,
“sos un problema”,
puede resultarles difícil separar una conducta concreta de su propia identidad.
Por eso es muy diferente señalar:
“Lo que hiciste no estuvo bien”
que convertir esa conducta en una definición:
“Vos sos malo.”
Una conducta puede corregirse, una identidad negativa repetida puede comenzar a incorporarse a la manera en que una persona se percibe.
¿Qué ocurre con la voz que usamos para hablarnos a nosotros mismos?
Con los años sucede algo interesante.
Ya no necesitamos necesariamente que alguien nos critique desde afuera.
Podemos aprender a hacerlo solos.
“Qué idiota soy.”
“Siempre arruino todo.”
“No voy a poder.”
“Todos pueden menos yo.”
“No debería sentirme así.”
A este diálogo interno muchas veces lo tratamos como si fuera simplemente una descripción objetiva de la realidad.
Pero no siempre lo es.
Puede ser una forma aprendida de relacionarnos con nosotros mismos.
Las investigaciones sobre autocrítica y autocompasión muestran que una relación interna excesivamente crítica se vincula con mayor malestar psicológico, mientras que las intervenciones orientadas a desarrollar autocompasión pueden contribuir a disminuir estrés, ansiedad y síntomas depresivos, aunque la calidad de la evidencia y los efectos varían entre estudios.
Esto no significa repetir afirmaciones positivas que no creemos, Significa aprender algo diferente:
Poder corregirnos sin destruirnos.
Exigencia no es lo mismo que maltrato interno
Podemos responsabilizarnos por un error sin atacarnos.
Por ejemplo:
En lugar de:
“Soy un desastre. Nunca hago nada bien.”
podríamos intentar:
“Esto no salió como esperaba. Necesito entender qué pasó y qué puedo hacer diferente.”
La segunda frase no niega el problema.
Tampoco nos justifica.
Pero separa nuestra identidad del error cometido.
Y esta diferencia puede ser muy importante.
Una persona puede reconocer:
“Me equivoqué”
sin concluir:
“Yo soy un error”.
¿Las palabras positivas pueden cambiar cómo nos sentimos?
El apoyo interpersonal puede funcionar como un recurso frente al estrés. La investigación sobre apoyo social ha estudiado su relación con mecanismos nerviosos, endocrinos y emocionales vinculados con la regulación y la percepción de seguridad.
Pero nuevamente conviene evitar simplificaciones.
Decirle a alguien:
“Todo va a salir bien”
no necesariamente lo hará sentir mejor.
A veces la frase más reparadora puede ser:
“Entiendo que esto te preocupa.”
“No sé exactamente qué decirte, pero puedo acompañarte.”
“Lo que estás sintiendo importa.”
“¿Qué necesitás de mí en este momento?”
Las palabras que contienen no siempre son las más optimistas; muchas veces son simplemente las que reconocen la experiencia del otro sin juzgarla.
Qué puede ayudar a cuidar nuestra manera de comunicarnos
No necesitamos analizar obsesivamente cada palabra que pronunciamos.
Sí puede resultar útil observar tres cosas:
- La intención. ¿Estoy intentando explicar lo que necesito o quiero lastimar porque me siento lastimado?
- La forma. ¿Estoy describiendo una conducta o definiendo a la otra persona?
- El momento. ¿Podemos hablar ahora o ambos estamos demasiado activados para escucharnos?
A veces la comunicación más cuidadosa consiste en decir:
“Estoy demasiado enojado para hablar bien de esto. Prefiero retomarlo más tarde.”
Eso también es regulación.
Qué conviene evitar
Hay algunas formas de comunicación que merecen especial atención cuando se vuelven frecuentes:
descalificaciones constantes, humillaciones, insultos, amenazas, burlas sobre vulnerabilidades personales, silencios utilizados como castigo, ridiculización o mensajes destinados deliberadamente a deteriorar la autoestima del otro.
No deberían normalizarse bajo frases como:
“Es su carácter.”
“Habla así pero después se le pasa.”
“Siempre fuimos así.”
Cuando la agresión verbal forma parte de una relación de control, miedo o violencia, no estamos simplemente frente a un problema de comunicación.
Puede ser necesario pedir ayuda profesional y evaluar la situación con mayor profundidad.
La mirada de la Dra. María Belén Hernández
Como médica y terapeuta, me interesa observar las palabras no de manera aislada, sino dentro de la historia y de los vínculos de una persona.
Una frase puede no tener demasiado significado para alguien y convertirse en una herida profunda para otra persona.
¿Por qué?
Porque no escuchamos solamente desde el presente, también escuchamos desde nuestra historia.
Una crítica actual puede tocar una antigua sensación de no ser suficiente. Una distancia de nuestra pareja puede despertar experiencias previas de abandono. Una descalificación puede conectarnos con años de exigencia, comparación o falta de reconocimiento.
Esto no significa que todo provenga de la infancia ni que una palabra explique por sí sola un conflicto emocional, significa que cada experiencia ocurre dentro de una historia más amplia.
¿Cómo se observa esto desde la Terapia de Contención Sistémica?
En la Terapia de Contención Sistémica trabajo desde tres dimensiones centrales:
cuerpo, emoción y pertenencia.
Frente a una experiencia de crítica o rechazo podemos explorar:
- qué ocurre corporalmente cuando esa persona escucha determinadas palabras;
- qué emoción aparece;
- qué pensamientos se activan;
- qué significado adquiere esa situación;
- y qué experiencias vinculares anteriores podrían estar relacionadas.
A veces una persona descubre que lleva años intentando demostrar:
“Sí puedo.”
“Sí valgo.”
“Sí merezco que me quieran.”
Y detrás de ese esfuerzo aparece una antigua experiencia de no haber sido suficientemente vista, reconocida o validada. El objetivo terapéutico no es encontrar un culpable, es comprender qué continúa activo hoy y qué necesita ser elaborado.
Un ejercicio: observar cómo te hablás cuando algo sale mal
Durante los próximos días elegí un error cotidiano pequeño. Puede ser olvidarte de algo, llegar tarde, equivocarte en una tarea o recibir una respuesta que no esperabas.
Antes de corregir nada, preguntate:
¿Qué fue lo primero que me dije?
Anotalo literalmente. Después hacete otras tres preguntas:
¿Le hablaría de esta manera a alguien que quiero?
¿Esta frase describe lo que ocurrió o define quién soy?
¿Cómo podría decir exactamente lo mismo sin maltratarme?
Por ejemplo:
“Soy inútil” puede convertirse en:
“Me equivoqué y estoy frustrada. Voy a revisar qué necesito cambiar.”
No se trata de endulzar la realidad, Se trata de aprender a hablarnos con firmeza sin convertirnos en nuestro propio agresor.
¿Cuándo conviene consultar?
Puede ser útil pedir acompañamiento profesional cuando la autocrítica es constante, existe una sensación persistente de no ser suficiente, aparecen recuerdos dolorosos asociados a humillaciones o descalificaciones, los conflictos vinculares se repiten o resulta muy difícil expresar necesidades sin culpa, miedo o agresividad. También cuando existe violencia verbal o psicológica sostenida dentro de una relación.
Una consulta permite evaluar cada situación individualmente y comprender qué recursos pueden ser adecuados.
Terapia realizada por:
Dra. María Belén Hernández
Mi nombre es María Belén Hernández Sirerol. Soy Médica y Psicoterapeuta, con formación en medicina integral, trauma, constelaciones familiares, biodescodificación, hipnosis ericksoniana y medicina cuerpo, mente y alma. Llevo más de diez años acompañando procesos terapéuticos en niños, adolescentes y adultos, integrando una mirada clínica, sistémica y emocional del sufrimiento. Mi enfoque de trabajo busca ir más allá del síntoma, ofreciendo un acompañamiento profundo, humano e integral orientado a la recuperación del equilibrio y el bienestar duradero en cada paciente.




